“Educad al niño de hoy para no castigar al hombre del mañana”(Pitágoras).
Te hablo con la verdad por delante: Yo también estuve ahí. Siempre puse limites, pero lo hice desde la equivocación.
Lo hacia desde mi propio miedo: miedo a perder el control, miedo a que mi hijo sufriera, o miedo a no ser “buena madre”
Hoy te invito a una reflexión:
¿Pones limites para que tu hijo aprenda, o para que tú dejes de sentirte mal.
El limite que nace del Miedo,
Cuando ponemos limites desde el miedo, el resultado suele ser el caos o la rigidez.
Si tienes miedo a su llanto, terminas cediendo para tener paz, y le entregas el control de la casa a alguien que no sabe qué hacer con él.
Si tienes miedo a perder autoridad, te vuelves rígido, y tu hijo aprende a obedecer por temor, no por respeto.
Resultado un niño/a que se siente perdido y desbordado, porque siente que su guía no esta seguro de lo que hace.
El límite que nace del Amor (La Raíz Sana).
Poner limites desde el amor no significa ser “blando”. Significa tener la valentía de ser adulto.
Es decirle “no” aunque llore, porque sabes que ese “no” lo protege.
Es sostener su frustración sin enfadarte , entiendo que es su proceso de aprendizaje.
Es darle orden, protección y contención emocional.
Para pensar antes de que acabe el día:
Si hoy has tenido una lucha constante en casa, párate un segundo y mírate al espejo:
¿Has cedido territorio solo para que deje de gritar?
¿Tu “no” de hoy ha sido un castigo por tu cansancio, o una enseñanza para tu futuro?
¿Eres capaz de sostener el limite mientras acompañas su emoción, o necesitas que él se calle para que tú estés bien?
El limite sano no separa, une. Le dice a tu hijo/a “yo soy el adulto, yo pongo las reglas y aquí estás a salvo”. Solo cuando el niño/a sienta esa seguridad y firmeza en sus Raíces sucede el vuelo que es dejar de luchar.
Poner limites no es una guerra, es el mayor acto de respeto hacia el adulto que tu hijo será mañana.